(11-12-2011)
Conviven dos Sebastián Crismanich en un mismo cuerpo: el joven relajado de típica cadencia correntina y la fiera que toma por sorpresa a sus rivales a pura patada. Una tromba incontenible que le permitió al taekwondista asegurarse la clasificación para Londres 2012 en el Preolímpico de Querétaro (categoría de menos de 80 kilogramos), un mes después de haber brillado en los Panamericanos de Guadalajara con la medalla de oro.
"Los que me conocen no pueden creer que soy yo el que está combatiendo allí en el ring. Me dicen que llevo dentro un tigre escondido y que lo saco cada vez que represento a la Argentina. Me muestro como alguien totalmente diferente al que soy en la calle. Es que desde chico me enseñaron que el carácter en una pelea no tiene nada que ver con lo que es uno como persona", cuenta este talento de 25 años que se radicó en Córdoba en 2007 para profundizar los ensayos junto con el resto del equipo.
Su padre, Daniel, practicó artes marciales toda su vida, sobre todo judo y karate, ya que no existía el taekwondo como disciplina olímpica. A sus hijos, Sebastián y Mauro -tres años mayor-, les compraba videos de los Juegos Olímpicos y Mundiales. "Siempre le decía a mi papá que de grande quería ser como esos atletas que veía en la pantalla y que buscaba resultados para el país. Esa fue mi motivación para cada entrenamiento de mi carrera", recuerda, con una evidente cuota de nostalgia.
"Si está en un buen día es capaz de ganarle a cualquiera. Pero a cualquiera ¿eh?", dicen los que lo tratan diariamente. Es un competidor agresivo, que patea mucho arriba y procura generarles un tembladeral mental a sus rivales. Los lleva a que cometan errores o duden en el momento de impactar. Busca sus puntos débiles, apunta a lastimarlos, allí en donde más les duele. "En esos milisegundos que me dan de ventaja es cuando aprovecho para conectar mis puntos. Todo forma parte de una estrategia", explica Sebastián, que vivió una situación singular en la final de Querétaro ante el norteamericano Steven López, nada menos que el bicampeón olímpico en Sydney 2000 y Atenas 2004 y medalla de bronce en Pekín 2008. "Al haber llegado a la final, ambos ya estábamos clasificados para Londres. Pero apenas comenzó el combate, su coach tiró la toalla. Fue para que yo no pudiera conocerlo dentro del ring y ganase en confianza. Igual, me sorprendió un poco que no haya querido pelear", analiza, algo asombrado, a la distancia.
Antes de salir a escena, Crismanich se apunta técnicas motivadoras como podría hacerlo un boxeador. "El taekwondo es un deporte que requiere de mucha concentración y, por sobre todo, hay que lograr una confianza imponiéndosela uno mismo. Me repito todo el tiempo: "Yo soy el campeón" o "Yo voy a ganar, yo voy a ganar", para sumar fe en momentos decisivos y no dudar al patear o elegir ciertos movimientos. La idea es ser un competidor seguro, que no desperdicie la oportunidad ni regale nada. Y evitar el shock que significa estar en una situación desfavorable durante una lucha".
El mapa del taekwondo todavía no resolvió a todos sus clasificados para Londres 2012 en Europa y Asia; por esta razón aún no está claro con qué panorama se encontrará Crismanich en el complejo ExCel, al este de Londres. "Cada día que me levanto pienso en este sueño; espero cumplir con una medalla en los Juegos Olímpicos. Pero no puedo prometer nada; sólo con una buena preparación voy a estar a la altura de cualquiera. Varias veces los argentinos hemos perdido por un detalle mínimo, por falta de experiencia o de confianza, y todo a raíz de no haber tenido mejores preparaciones. Ese trabajo previo es lo que te define ser un medallista panamericano, olímpico o del mundo".
Lo apodan Pupi ("Sí, ya sé, no tiene nada que ver con mi deporte"...) y se enorgullece del legado que le deja el taekwondo: "Me dio un estilo de vida, una conducta, y trato de plasmarla en el estudio y en mi vida personal. Me enseñó a ser estructurado pero a la vez flexible, un contraste que por ahí no todos los deportes tienen", apunta Crismanich, dispuesto a transformarse en un tigre en la máxima cita.
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